COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA

      ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA


      9.3. ATAQUE BURGUÉS A LA CENTRALIDAL DEL TRABAJO

      Si por exceso de democracia entendemos en la actualidad lo que hace un siglo y medio entendía Marx como la capacidad de la clase trabajadora para mejorar sus condiciones de vida y reducir su explotación, entonces es verdad que, grosso modo expuesto, en la década de 1971 hubo un exceso de democracia dentro del capitalismo desarrollado o céntrico. También es verdad que precisamente entonces la burguesía comenzó a recortar ese exceso de democracia mediante un ataque generalizado contra la entera forma de vida y trabajo de las clases trabajadoras.

      Queremos insistir en esta cuestión a nuestro entender decisiva porque ella explica los diversos componentes y líneas del ataque global de la burguesía. Recordemos que desde mediados de la década de 1960, como hemos visto muy brevemente, la autoorganización de las masas trabajadoras empezó a cuestionar de un modo u otro la totalidad del sistema capitalista. Y dado que la democracia excesiva se había generalizado por todas las áreas en las que vivían y trabajaban las clases oprimidas, el ataque burgués fue también generalizado en esas áreas, en todas. Nada ni nadie permaneció libre de la agresión.

      Para analizar esta cuestión con un poco de detalle debemos, antes que nada, negar validez a la versión oficial según la cual no existe ya lucha de clases, no existe tampoco clase obrera, no hay ya resistencias al dominio absoluto del capital, etc. Nada de esto es cierto. Aunque la clase dominante logró infringir derrotas muy serias al movimiento obrero, como la de los trabajadores británicos en la primera mitad de la década de 1981, por ejemplo; aunque la implosión de la URSS ha envalentonado a la burguesía, no es menos cierto que el grueso del ataque burgués era anterior a la crisis rusa, y aunque la socialdemocracia ha pasado por altibajos político-electorales espectaculares, tampoco es menos cierto que la sociedad se ha autoorganizado de muchas formas para defender sus intereses.

      Dentro de esa amplia complejidad, también ha habido experiencias cooperativistas de todo tipo y hasta de "socialismo municipal", es decir, de la capacidad popular de desarrollar programas avanzados en barrios, y pueblos, incluso en grandes ciudades, en las que la izquierda --sin definirla ahora-- ha ganado las elecciones municipales y, contando con la movilización vecinal, social, popular, obrera, etc., ha llevado a cabo una parte substancial del programa electoral de mejoras. Pero, de todas formas, la experiencia acumulada hasta justo comienzos de la década de 1991, vuelve la confirmar las limitaciones estructurales de todas estas prácticas, como ya se afirmaba hace siglo y medio. E. Mandel sintetizó en 1992 en su obra El poder y el dinero dicha experiencia así:

      "Cuando la transportación pública es gratuita en dos ciudades europeas --Bolonia y Atenas-- durante las primeras horas de la mañana, en que la gente se dirige al trabajo, este hecho representa un avance del modo de distribución socialista --satisfacción de las necesidades--, contrario a uno burgués. Es un paso adelante incluso en comparación con los esfuerzos de los sindicatos industriales, que en general se preocupan solamente por los intereses de los asalariados más fuertes y mejor pagados. Las reformas sociales e las que estamos hablando están diseñadas para servir y cuidar el bienestar de todos. Pero si es imposible la construcción del socialismo en un país, construir el socialismo en una municipalidad o en una cooperativa de producción es una empresa aún más irrealista. La administración de los hospitales obreros, las sociedades cooperativas, o las municipalidades presididas por socialistas está entretejida por medio de mil y un vínculos con los mecanismos generales de la sociedad burguesa, la producción de plusvalía y la realización de ganancias. Todas necesitan dinero para funcionar. Incluso necesitan más dinero para que funcionen mejor desde un punto de vista de clase, esto es, garantizar más alta calidad de los servicios para los trabajadores".

      Además de confirmarse así, de nuevo, la crítica que en este texto se hace al reformismo y al cooperativismo neutro e interclasista, también pensamos que es necesario insistir en que por debajo y en contra de la propaganda oficial citada, la resistencia popular es más seria de lo que podemos imaginar si solamente nos basamos en la información de la prensa capitalista. Esto no niega la dureza palpable del empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de amplios sectores sociales, la precarización y el empobrecimiento crecientes, etc. Todo esto es cierto, pero no es cierto en modo alguno que no haya resistencias, que no haya incluso pequeñas conquistas en barrios y pueblos, en los transportes públicos, en los hospitales, en la educación, en los convenios laborales, en la defensa del medio ambiente, etc.

      La realidad capitalista occidental en las dos últimas décadas está rebosante de conflictos sociales de baja y media intensidad que no podemos detallar aquí, aunque, desde luego, no han alcanzado el grado la alta tensión lograda entre 1968 y 1978. Precisamente es esta lucha unas veces subterránea y otras veces pública la que explica la persistencia del ataque burgués y en endurecimiento de sus objetivos y métodos. Solamente quienes viven aislados de la práctica sociopolítica, sindical y popular en sus muchas formas de acción, también quien permanece recluido en la burbuja elitista universitaria e intelectual, y, sobre todo, quienes están directamente interesados en aborregar a las clases trabajadoras, sostienen la tesis de su pasividad derrotista.

      Ahora bien, para comprender más seriamente la dialéctica de la lucha de clases debemos estudiar lo esencial de la ofensiva capitalista contra la centralidad del Trabajo, porque las derrotas del consejismo del sindicalismo sociopolítico y de las organizaciones revolucionarias son debidas, en síntesis, a que no han sabido y/o podido responder a tiempo a la descentración, desvertebración y desestructuración del Trabajo. El ataque debilita las prácticas de cooperación internas e inherentes al Trabajo, prácticas que se van adaptando y mejorando según las necesidades de la lucha del Trabajo contra el Capital, de manera que, durante la fase de ascenso de una oleada de lucha de clases y por tanto de contradicciones dentro de la producción de valor, también asciende y se expande esa centralidad y su cooperación correspondiente, pero durante la fase descendente y de derrota posterior decrece y se debilita. Un truco ideológico previo y muy rentable es afirmar la extinción histórica de la clase trabajadora, intentando generalizar la falsa idea de que ya no existe lucha de clases porque no existe ya proletariado.

      Este truco tramposo tiene varias formas de presentación, desde la tesis de que ya no es válida la ley del valor-trabajo hasta que vivimos ya en la sociedad post-industrial. Semejante malabarismo ideológico busca sostener la tesis de que no tiene sentido plantear la cuestión de la explotación asalariada. Una vez aquí, sin esta explotación, tampoco tiene sentido luchar contra la superación histórica del salariado. Una vez aquí, para seguir en la caída libre en el absurdo teórico, tampoco tiene sentido la dialéctica entre el consejismo, la autogestión social generalizada, el sindicalismo sociopolítico y las organizaciones revolucionarias porque todas ellas, la misma dialéctica que las integra, están en función de acelerar la desaparición del régimen del salariado, de la explotación asalariada, tal como una y otra vez insistieron Marx y Engels.

      Sin entrar a exponer la teoría marxista al respecto, sí hay que decir que, por el contrario, todo demuestra el aumento cuantitativo y cualitativo del asalariado, es decir, de la masa de la población que vive de la venta de su fuerza de trabajo y que es desposeída de los medios de producción.

      Hay que decir, también, que esta masa social cada vez más amplia crece en la medida en que el capitalismo, necesitado de aumentar su tasa de ganancia e intensificar la acumulación ampliada, relaciona más estrechamente en todo el proceso general de realización del beneficio al trabajo productivo de valor con el trabajo improductivo pero necesario para que el anterior pueda seguir siendo rentable.

      Además, en la medida en que el capital financiero se hace cada vez más necesario para facilitar el funcionamiento del capital industrial y comercial, en esta medida también aumenta la asalariazación de la población al proletarizarse los servicios bancarios, anteriormente elitistas y separados del proletariado.

      Por último, dado que el capital debe subsumir cada vez más el trabajo complejo, intelectual, eso que se llama "ciencia" en el capital constante, por eso mismo sectores crecientes de asalariados que deben vender su fuerza de trabajo en el proceso general de producción de ciencia y tecnología, desde la educación hasta los laboratorios industriales y militares pasando por las universidades privadas y públicas, sufren una pérdida de su elitismo selectivo y distanciador para reaparecer como lo que realmente son, fracciones específicas de la fuerza de trabajo social asalariado y explotado por una minoría cada vez más reducida de propietarios de los medios de producción. Esta y no otra es la realidad actual.

      Pero semejante nivel de síntesis teórica debe enroquecerse con sus correspondientes niveles analíticos más concretos, que son imprescindibles para conocer los efectos materiales del ataque del Capital a la centralidad del Trabajo. Vamos a exponer muy brevemente siete bloques de efectos concretos que llevan impactando negativamente en el pueblo trabajador.

      Uno, el ataque implacable a la centralidad unitaria del trabajo en cuanto totalidad e integralidad psicosomática de la especie humana, rompiendo esa unidad psicofísica para imponer sólo una parte, la del trabajo supuestamente desmaterializado, la del llamado trabajo intelectual o del conocimiento, negando el carácter y contenido de trabajo al otro componente de la unidad dialéctica, el del esfuerzo y el sudor. La supuesta "economía del conocimiento" expulsa así a una creciente masa humana de los sistemas de salario menos injusto --nunca existe salario justo y menos aún digno, por definición-- condenándolos a la precariedad y al empobrecimiento socioeconómico, pero sobre todo hundiéndolos en el abismo de lo subhumano, de la reducción a simples bestias de cargas. El Capital busca, en síntesis, excluir de lo humano al trabajo bruto, animal, sudoroso, condenándolo a lo subhumano, y, a la vez, reducir lo humano sólo a la elite y casta intelectual propietaria de conocimiento. De esta forma, se abarata enormemente el precio de la reproducción de la fuerza de trabajo social, por ello se abarata la mercancía, y muy posiblemente se aumenta la tasa de ganancia. Se deshumaniza al Trabajo para aumentar el beneficio del Capital.

      Dos, la multidivisión de la clase trabajadora en varios niveles y fracciones, reduciendo la cuantía del obrero industrial taylor-fordista y ampliando las escalas de técnicos bajos y medios, de servicios, de asistencia y mantenimiento, e incluso dentro mismo de los trabajadores industriales al potenciar artificialmente las escalas de salario. Se busca al final la total individualización de las relaciones contractuales entre el patrón como unidad de clase, con múltiples instrumentos de planificación y centralización, sobre todo el Estado burgués, y el trabajador como unidad individual aislada y carente de cualquier referencia colectiva y clasista.

      Tres, la reducción al máximo de la efectividad sindical aunque manteniendo una mínima presencia sindical para activarla como apagafuegos en momentos críticos. A la vez, la potenciación de además de la individualización contractual, también del trato directo y exclusivo entre los grupos de trabajo del toyotismo y de la producción flexible con la administración patronal, enfrentando a los grupos entre sí, cuando no se puede enfrentar a los trabajadores individuales entre sí. Simultáneamente se busca el corporativismo o a lo sumo el sindicalismo amarillo, empresarial y colaboracionista, pero como mal menor.

      Cuatro, la precarización de la existencia de la clase obrera y del pueblo trabajador, aumentando su debilidad e indefensión ante la dictadura del salario, imponiendo condiciones laborales brutales, multifraccionadas y carentes de derechos elementales. Se trata de crear un ejército industrial de reserva invertebrado, atemorizado y pasivo. La feminización del precariado es una de las más incontrovertibles realidades, y hacen de las mujeres una fuerza de trabajo abundante, barata, dócil y muy apta para la explotación intensiva y extensiva no en capital y en tecnología sino en puro y duro esfuerzo físico agotador. Igualmente, dentro de la precarización y agravándola se incluyen la sobreexplotación de los jóvenes y la exclusión de la tercera edad, y, sobre todo, la reinstauración del esclavismo bien mediante los inmigrantes bien mediante el trabajo infantil clandestino.

      Cinco, la imposición de una tecnociencia productiva incompatible con el trabajo en cooperación liberadora, destinada a aumentar la explotación del trabajo y asegurar además de la insolidaridad obrera, también a acelerar la expropiación del saber obrero y su inmediata subsunción en la producción capitalista, como un componente más de la tecnociencia burguesa. La patronal es consciente de que las actuales innovaciones técnicas son ambivalentes y pueden facilitar la cooperación liberadora del trabajo contra el Capital, y para impedirlo depura esa técnica al someterla a la tecnología y la tecnociencia burguesa, autoritaria y jerárquica, que sólo admite la producción flexible y el toyotismo como única cooperación burguesa posible.

      Seis, la ruptura de la unidad vivencial de la geografía productiva y del espacio de recuperación de la fuerza de trabajo, separando lo más posible la fábrica y/o lugar de trabajo asalariado del domicilio, y ambos del lugar de compras, de sanidad, de educación, de papeleo administrativo, de diversión, etc. La destrucción del espacio material y cultural de recomposición de la fuerza de trabajo supone, sobre todo, el debilitamiento extremo de la capacidad de pensamiento crítico y creativo, de autoorganización y de socialización colectiva del saber obrero y popular. A su vez, el aumento del tiempo de transporte y de tramitación cotidiana, a la vez que agota psicosomáticamente también aumenta los costos y reduce la autonomía económica, sobrecarga a las mujeres, multiplica las tensiones intrafamiliares y debilita o rompe las redes de solidaridad, ayuda mutua y cooperación obrera y popular.

      Y siete, la separación lo más posible de los focos y lugares de poder y de administración de los espacios de cooperación obrera y popular, para evitar que se repitan las experiencias anteriores, cuando el poder obrero llegaba a controlar gran parte de los instrumentos del poder burgués. Esta es una práctica estratégica que no debemos menospreciar o tener como superada e imposible de repetirse. Las concentraciones, manifestaciones, huelgas con presencia en la calle, revueltas, motines y estallidos urbanos, pertenecen por código genético de la autodefensa obrera y popular al proceso ascendente que tiene a concluir en las insurrecciones por espontáneas que sean. No existe dato alguno en los últimos ciento cincuenta años de historia de la geografía social y del espacio urbano que permita pensar que esta tendencia ha quedado definitiva e irreversiblemente superada. Al contrario. La burguesía internacional es cada día más consciente del peligro potencial que se acumula en las urbes sometidas a crisis múltiples e interrrelacionadas.

      Como síntesis y a la vez enriquecimiento de los siete puntos expuestos, queremos citar a Boltanski y Chiapello en su imprescindible obra "El nuevo espíritu del capitalismo" en la que sostienen que:

      "La taylorización del trabajo consiste en tratar a los seres humanos como máquinas. Pero el carácter rudimentario de los métodos empleados, precisamente porque se insertan en una perspectiva de robotización de los seres humanos, no permite poder directamente al servicio de la obtención de beneficios las propiedades más humanas de las personas: sus afectos, su sentido moral, su honor, su capacidad de invención. Al contrario, los nuevos dispositivos que reclaman un compromiso total y que se apoyan en una ergonomía más sofisticada, integrando las aportaciones de la psicología posbehaviorista y de las ciencias cognitivas, precisamente y hasta cierto punto, porque son más humanas, penetran también más profundamente en el interior de las personas, de las que se espera que se "entreguen" --como suele decirse-- a su trabajo, haciendo posible así una instrumentalización de los seres humanos precisamente en aquello que los hace propiamente humanos".

      Aunque son innegables los efectos destructores de este séptuple y global ataque a la centralidad de clase del pueblo trabajador --también a su centralidad nacional, y a otra escala más honda y decisiva, ataque contra las mujeres--, y a su misma naturaleza humana tal cual se ha materializado hasta esta fase de la evolución humano-capitalista, como han criticado los dos autores arriba citados; siendo innegables estos efectos destructores, no es menos cierto que desde la mitad de la década de 1991, aproximadamente, asistimos a una nueva oleada de luchas del Trabajo que conjuga viejos, permanentes y nuevos métodos de cooperación, desde múltiples colectivos de voluntariado social, hasta nuevas maneras de lucha contra los sistemas neurálgicos para la circulación de las mercancías y su realización, como transporte, telecomunicaciones, banca y ahorro, etc., pasando por la adaptación de las tradiciones formas de lucha en los grandes centros industriales a las nuevas condiciones de explotación.

      Las experiencias habidas desde comienzos de los años de 1991 con las sublevaciones y motines urbanos en Sudamérica y EEUU, así como un conjunto de fenómenos de lucha que no podemos reflejar aquí y se van en aumento desde mediados de dicha década, confirman que poco a poco el Trabajo reconstruye lentamente, mal que bien, con retrocesos y hasta derrotas serias, pero vuelve con dudas e indecisiones a crear su nueva centralidad.

      Hemos seleccionado sólo cinco grandes conjuntos de prácticas colectivas que aunque se han realizado en lugares muy distintos del capitalismo mundial, no por ello carecen de valor para Euskal Herria.

      El primero es la recuperación en las condiciones actuales de explotación de las "viejas" tradiciones de apoyo mutuo, de autoorganización defensiva en problemas decisivos para la calidad de vida humana. Por ejemplo, las "hoyas populares" que si bien aparecieron en grandes zonas de América Latina, también se han extendido a otras partes de la tierra. Dentro mismo del capitalismo desarrollado, han surgido formas que obviamente no se mueven en niveles tan dramáticos de subsistencia absoluta --aunque esta situación crítica ya existe en crecientes barriadas desindustrializadas, depauperadas y envejecidas en donde se agolpan crecientes masas de personas mayores, jóvenes, adultos, emigrantes y sobre todo mujeres de todas las edades empujadas al empobrecimiento y sobreexplotación-- pero que sí van acercándose por pura necesidad de respuesta solidaria y van ampliándose a más "zonas de miseria" que se multiplican bajo la presión capitalista.

      Se podrían establecer sólidos paralelismos entre las nuevas formas de defensa de estas masas sobreexplotadas, de "los nuevos esclavos" como los define Carlos Montemayor, y las de las fracciones más golpeadas del Trabajo en fases históricas anteriores del Capital, y más concretamente en su origen, en la época que analiza Robert Castel en "Las metamorfosis de la cuestión social".

      El segundo es la recuperación de formas de economía de trueque, fuera de las leyes capitalistas, que aparece en las crisis prolongadas, cuando grande sectores populares deben autorganizarse para poder sobrevivir porque se ha desarticulado buena parte del mercado capitalista. Es cierto que la economía de trueque también suele aparecer embrionaria y débilmente durante largas huelgas en las que los trabajadores reciben ayudas de los vecinos y de otras empresas, pero la economía de trueque se refuerza y se masifica cuando la crisis es general, prolongada y afecta masivamente al pueblo trabajador.

      El caso de Argentina es ilustrativo porque el Club del Trueque se fundó en 1995, cuando un colectivo de personas conscientes de la gravedad de la crisis estructural del país, fundó un sistema de economía sin dinero, con vales o créditos, y con unas normas de funcionamiento muy simples pero que exigían una previa reunión en la que el solicitante debatía una explicación teórica y recibía un programa de concienciación social. Mientras la crisis crecía lentamente, también lo hacían los socios del trueque, y por eso para 1997 sólo llegaban a 2.000, pero al empeorar la situación los asociados se multiplicaron llegando a comienzos del 2002 a 2.500.000 socios, con un aumento diario de 5.000. El Club inicial ha quedado superado, y ahora 4.500 centro populares organizados en la Red Global Trueque se expanden por toda Argentina habiendo iniciado ya las transacciones indirectas. Incluso la ciudad de Chacabuco, con 45.000 habitantes organiza gran parte de su economía comunal con créditos de trueque.

      Este proceso no surge de la nada, ni tampoco del voluntarismo utópico de minorías iluminadas. Sus causas radican en la acelerada evolución social impulsada por las contradicciones del país. El colectivo "Movimiento Teresa Rodríguez" lo ha expresado así en su texto "Proyecto de mercado piquetero":

      "Pensamos que en una etapa como la que se ha iniciado en diciembre último, en la que los lazos solidarios brotan con inusitada fuerza al calor del proceso asambleario y de movilización popular vigente, contamos con inmejorables condiciones para el éxito de este emprendimiento. Amplias franjas de la población porteña que todavía conservan un importante poder de compra, podrían convertirse en promotores, difusores y consumidores solidarios de este tipo de productos, y del "Mercado Central Piquetero" en sí mismo como resultado de sus propias convicciones y del extraordinario estado de ánimo reinante. Esto implicaría de por sí el surgimiento de una comunidad de intereses, y la posibilidad de una mayor unidad, ahora incluso material, no solamente de los diversos grupos productores entre sí, sino también entre estos y las capas medias que conformen la demanda, que tendrán la posibilidad de abastecerse con productos de buena calidad, baratos y naturales, a la vez que apoyarán materialmente a trabajadores desocupados y ocupados que pugnan por recuperar o mantenerse en una actividad productiva. Trabajadores y capas medias asociados (asambleas populares mediante), estaríamos cubriendo aunque más no sea una porción pequeña de nuestras necesidades evitando a grandes fabricantes, intermediarios, cadenas de comercialización, a todo tipo de grandes empresarios en general.

      Por otra parte, la mayoría de nuestros productos serían competitivos en precio por cuanto su proceso de producción no incluye la necesidad de pagar plusvalía alguna, ni costos de intermediación. Su costo es estrictamente el de los insumos y el de la fuerza de trabajo involucrada".

      Por su parte, Jorge Marchinio, realiza un estudio muy detenido titulado "En Argentina, economía y trueque", en el que tras varias reflexiones que seria prolijo repetir aquí, afirma que:

      "Los clubes del trueque no deben ser exclusivamente analizados desde una perspectiva económica, sino también como un rico escenario para la promoción de nuevas y positivas instancias de vinculación y participación comunitaria. Por cierto que la vuelta a través del trueque a una 'economía de subsistencia' no es en si mismo la solución o la alternativa integral para el insoslayable desarrollo social y productivo. No es posible pensar en una economía esencialmente urbana y altamente compleja pueda organizarse a través del trueque. De todas formas los clubes del trueque pueden rescatar muy rápidamente valores de participación, y cooperación presentes también en la historia un poco olvidada en los últimos años (mutualistas, cooperativas, cooperadoras escolares, uniones vecinales, sindicatos, sociedades de fomento, etc.) y dar impulso, en un momento tan grave, a la imprescindible necesidad de cada familia de lograr con el esfuerzo y la solidaridad el pan de cada día y un horizonte a la esperanza".

      Insistimos en que no es la primera ni será la última experiencia al respecto. De hecho, al comienzo del texto hemos hecho referencia a los intentos del socialismo utópico al respecto. Después, dejando de lado las experiencias revolucionarias, en los setenta se mantuvieron en los EEUU experiencias de trueque y de cooperativismo basado en ideologías alternativistas, naturistas, ecologistas y hasta orientalistas y mística, aunque en menor medida, y si bien lograron cierta continuidad paulatinamente fueron integradas por el sistemas o desintegradas por la sorda coerción del mercado capitalista. También en Euskal Herria hay intentos al respecto. Pero la experiencia argentina es llamativa por su extensión y reaviva todos los recurrentes debates sobre la capacidad de autogestión social generalizada del pueblo trabajador para, en medio de una contradictoria e inestable e incierta dialéctica de pugna y superación desde dentro del capitalismo, explorar caminos propios.

      El tercero es la recuperación también desde comienzos de la década de 1991 se dieron pasos y avances prácticos en el autogobierno de las masas trabajadoras en bastantes sitios del planeta, a algunos de los cuales ya nos hemos referido al citar a Ernest Mandel, pero aquí queremos detenernos en el estudio que hace Marta Harnecker en "La izquierda en el umbral del siglo XXI" sobre ocho experiencias de gestión municipal en Uruguay, Brasil y Venezuela entre 1991-94 --actualmente se ampliaría mucho este número-- cuando comenzaba el inicio de la nueva oleada de luchas. De entre las lecciones que extrae la autora, ahora sólo podemos reseñar dos grandes pero decisivos bloques como son, uno, el que hace referencia a una constante ya enunciada por Marx y Engels, y luego reafirmada por toda la experiencia histórica, y que no es otra que la necesidad de la conciencia política de las masas para superar las limitaciones del asambleísmo puramente espontáneo:

      "Cuando estos gobiernos populares triunfaron, no sólo se encontraron con un gran escepticismo y apatía en la gente, sino que, al mismo tiempo, con movimientos populares débiles, fragmentados, despolitizados; se encontraron con un pueblo acostumbrado al populismo, al clientelismo, a no razonar políticamente, a pedir cosas. En las asambleas populares que organizaban lo que ocurría era que se recogían un listado de peticiones que sobrepasaban ampliamente la capacidad de respuesta del municipio.

      Esta experiencia los llevó a concluir que no toda asamblea era sinónimo de democracia; que las asambleas no eran productivas si la gente no tenía información adecuada, si no estaba politizada. La politización se convirtió, entonces, en el problema fundamental. Para profundizar la democracia era necesario politizar. El problema fue cómo bajar a la gente --expresa el ex alcalde de Caracas, Aristóbulo Istúriz--, cómo acercar hasta el más humilde de los ciudadanos la posibilidad de politizarse y de adquirir la capacidad de tomar decisiones. Para lograr eso era fundamental darle información a la gente: sólo existe democracia con gente igualmente informada"

      El otro bloque, que es una profundización del anterior, es el compuesto por un conjunto de necesidades elementales como son la "necesidad de llegar a la gente, no sólo a los activistas"; la necesidad de transformar "los problemas más sentidos por la población: el punto de partida" la necesidad de "escuchar y respetar los criterios de la gente aunque sean diferentes a los de la administración"; también "la necesidad de contar con un mínimo de organización y de recursos técnicos y materiales", y, por último, "es necesario tener gran confianza en la iniciativa creadora del pueblo, considerando que éste puede llegar a elaborar soluciones que quizá no han sido pensadas por la administración".

      El cuarto es muy importante porque indica cómo se debilitan los mitos burgueses en situaciones de crisis. Un mito es el de la aparición de una "nueva burguesía" formada por los ejecutivos, técnicos, especialistas, managers, etc. No podemos rastrear los orígenes remotos de este mito que nos conducirían a algunas tesis del reformismo inglés de finales del siglo XIX y comienzos del XX, y lo próximos nos conducen a la sociología funcionalista yanki y su afán por "demostrar" la desaparición de la lucha de clases. Pues bien, una de las características de la flexibilización laboral es la introducción de la ofimática, que viene a ser como el una mezcla de taylorismo y toyotismo más la ergonomía y la informática, aplicadas a las oficinas y al trabajo ejecutivo. Sus efectos son devastadores sobre esta fracción del trabajo asalariado, pero rinden muchos beneficios al Capital.

      Una parte apreciable de la "nueva pobreza", de la "nueva marginalidad" y del vagabundeo actual proviene de la aplicación salvaje de la ofimática y de la expulsión del proceso de explotación laboral de miles de cuadros técnicos y hasta de altos ejecutivos --frecuentemente mujeres-- que no pueden reciclarse a tiempo, que no pueden aguantar los crecientes ritmos de explotación y el individualismo caníbal salvaje que impera en esa área de la producción. Hasta antes de la introducción de la ofimática, y durante lo sus primeros años de aplicación, era proverbialmente conocida la insolidaridad y el desprecio de estos trabajadores asalariados hacia los demás, hacia sus problemas y sus luchas, pero las cosas están cambiando, como afirma, entre muchos, Paul Bouffartigue en "La crisis también afecta a los ejecutivos":

      "La conciencia salarial y el sentimiento de proximidad con los otros trabajadores se están consolidando. El recurso más frecuente al SMAC (servicio de mediación, arbitraje y conciliación) den caso de litigio con el empresario --la concesión de sus votos en provecho del sindicalismo confederado en las elecciones profesionales-- y, a veces, el compromiso en los conflictos sociales así lo demuestran. La lógica financiera que guía las reestructuraciones se pone al descubierto, y las decisiones directivas parecen irracionales e ilegítimas económicamente. Entonces los potentes pestillos ideológicos y subjetivos que obstaculizan la acción colectiva saltan, como en el caso de Crédit Foncier (1997) o en el de Elf Aquitaine (1998-1999). Son muchos los altos cargos que mantienen la reivindicación sindical de un derecho de oposición a las órdenes jerárquicas cuyas consecuencias serían negativas para las condiciones de trabajo. La adhesión masiva al liberalismo se rompió a principios de los noventa, dando lugar a interpretaciones múltiples sobre los efectos de la mundialización capitalista".

      Desde luego que la experiencia histórica ha enseñando qué difícil es que esta fracción de la fuerza de trabajo se sume mayoritaria y decididamente --como sucede con los intelectuales del sistema-- a la lucha del grueso del movimiento obrero; pero también ha demostrado que una vez que ese proceso ha llegado a un punto de no retorno, debido sobre todo a la sabiduría integradora del pueblo trabajador, y que estos técnicos y ejecutivos participan desde sus lugares de trabajo y con su conocimiento, entonces se multiplican exponencialmente las fuerzas emancipadoras y decrecen en la misma proporción los medios represivos del Capital.

      El quinto y último es la de la aparición de formas autoorganizativas que adquiriendo formas nuevas sin embargo se inscriben en las constantes históricas del Trabajo --en el sentido marxista de polo antagónico al Capital-- para reorganizarse ante los permanentes ataques de la burguesía. La lucha de clases es un proceso permanente que, sin embargo, tiene altibajos en su extensión e intensidad, y ya en el Manifiesto Comunista se hace insistencia desde la primera frase en esos cambios de ritmo y de virulencia. A lo largo del texto que estamos exponiendo queda claro que la lucha de clases ha pasado por fases y subfases pero siempre ha habido lucha.

      A grandes rasgos, las fases de lucha de clases además de mantener relación dialéctica con las fases económicas, políticas, culturales, etc., guardan estrecha conexión con los cambios en la composición interna del Trabajo, de las diferentes fracciones del pueblo trabajador y de la clase obrera. Existe así una interacción compleja que en su esencia teórica no podemos exponer aquí pero de la que llevamos vistos algunos ejemplos prácticos. Uno de los componentes activos en la evolución de este panorama es precisamente el de la capacidad de recuperación del Trabajo de los mazazos que le asesta el Capital --y también viceversa-- lo que nos lleva al papel clave de la conciencia política que es una parte de lo correctamente denominado como "función del factor subjetivo en la historia".


      (sigue)

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